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Seguramente sería por el 49 cuando ví el primer acto de magia alquimia o transformación de un objeto común (un autito
de plástico) en un reluciente auto de bronce. El autor Atos Sala, mi padre, se regocijaba con su creación, también para él, un milagro producto de innumerables ensayos de fundición, de materiales diversos y en
condiciones paupérrimas. Mi casa de la calle San Eduardo un clásico departamento de pasillo con terraza y una habitación que mi padre utilizaba de "laboratorio" como el la llamaba y que luego fue mi cuarto por años
estaba llena de objetos inmensos y extraños que el llamaba horno, fronda, revestimiento, centrífuga, "maillot", denominación esta de un metal de bajísima fusión (60°) descubierto por un francés de cuyo apellido tomó el
nombre melot para nosotros y con el que mi padre hacía ensayos incansables buscando un sistema de reproducción de piezas de joyería, una utopía para la época en que recién comenzaba la fundición de joyas "a la cera
perdida" un secreto industrial al que sólo un pequeño grupo que tenía el diseño y el coraje necesario para viajar a Estados Unidos y asistir a unos cursos buenos y carísimos sobre la técnica (todavía no se había
desarrollado una formula de cera aceptable y el proceso era sumamente complicado e imperfecto). Yo salí a la calle con mi autito fundido "al plástico perdido" por mi viejo que había recurrido a una vieja canilla y
algo de zinc "para hacer correr al metal" con una centrífuga manual y ridícula pero efectiva que llamaba "fronda" y que constaba de un mango de lima con un buje en la punta, un vástago de unos 15 cmts. Y un recipiente
unido por una argolla al vástago donde era alojado el "aro" de acero que contenía el molde de "revestimiento" que luego de haber pasado unas horas en un horno a la temperatura de 700° para que el plástico del
autito se quemara y dejara lugar al bronce, que fundido directamente en la boca del aro, utilizado como crisol y accionado manualmente haciendo girar la fronda en sentido vertical introducía el metal fundido
dentro del molde. El proceso era místico en extremo y peligrosísimo y allí se encontraba su atractivo; un acto de magia inigualable cuando el aro de acero fue sumergido en un balde de agua fría y entre medio de vapores
y rugidos del material refractario separándose del metal fundido, apareció luego de un instante el autito de plástico con el que todos competíamos previas reformas, utilizando el cordón de la vereda como pista
convertido en bronce reluciente, yo pensé que mi viejo era un Dios, jamás revelé el secreto ante mis amigos que al verme aparecer con el juguete quedaron extasiados. Luego, con el tiempo, comprendí que fui premiado con
una de las innumerables experiencias que Atos realizaba para concretar su anhelo: una fundición perfecta.
Ese rugido del revestimiento estallando el contacto del agua me acompañó toda la vida y aún hoy me
acompaña y ayudado por mi hija Gricel que lo escucha desde siempre como a escuchado a esta historia incontables veces. |